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¿Alumnos o maestros?

Hoy quiero hablar sobre esas bellas almas, nobles, generosas que vienen a través nuestro, que nos designan como referentes para su evolución y ponen toda su confianza en nuestro buen hacer en sus primeros años de vida.


Esas almas que quizás sean más expertas que nosotros, pero vienen desde una posición más humilde, nos valoran, nos admiran y nos dan todo su amor.


Ellos son ... LOS HIJOS.



Realmente, en este artículo quiero hacer un homenaje para todos nosotros, porque si estamos aquí, todos somos hijos. Hijos de nuestros padres humanos, hijos de la madre Tierra, hijos del Universo.


La palabra hijo por sí sola engloba humildad, respeto, educación, generosidad, e ingenuidad.


Debes meditar y analizar si en alguna ocasión, o definitivamente, has perdido esa inocencia, ¿cuándo has dejado de ser hijo? Por muy mayores, o por muchos años que tengamos, ese título nos acompañará hasta el final de nuestros días. No debemos olvidar lo que representa esa consciencia.


Con los hijos vivimos situaciones en las que nos tenemos que enfrentar a nuestras ideologías, y así comprobamos que muchos de los valores en los que sustentábamos nuestra vida, son patrones de pensamiento derivados de la cultura, generación, educación e incluso tradición. Esas circunstancias nos brindan la oportunidad de expandir nuestras creencias, originando en nosotros un crecimiento personal y espiritual.


No hay nada más incondicional que el amor de un hijo y esa fascinación que tienen los niños por sus padres cuando son pequeños, se debe intentar mantener, que no se vea decepcionada, que sea real y de doble partida.


Demuestra a ese alma, desde tu sabiduría y tu experiencia, el reconocimiento que se merece.


La admiración no debe alimentar el ego, debe nutrir el corazón.

CONFÍA!


Photo by Myles Tan on Unsplash

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